La evaluación, como
práctica y como concepto, ha estado presente en el ámbito educativo desde la
institucionalización de la educación, es decir, desde que la educación salió
del espacio privado (hogar-familia) y se focalizó en instituciones sociales (de
origen público o privado) que hoy denominamos centros educativos.
Parafraseando a Gimeno
Sacristán (Sacristán, 1993), la evaluación es una instancia que se refiere
a los procesos o herramientas que permiten obtener información a quien realiza
la medición, analiza o valora las características y condiciones de los puntos
de referencia para emitir un juicio que sea relevante para la educación.
De esta manera, la educación impartida en los centros educativos se ve ceñida a
ciertas valoraciones que dependen de las políticas educativas estatales,
institucionales, escolares y docentes.
Los ítems de la educación
¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿para qué educar? se ven reflejados en las
evaluaciones; la evaluación retoma estas preguntas y las aplica en su propia
práctica. De tal manera, los contenidos, los métodos, las herramientas así como
los procesos y las conclusiones se ven medidas por lo que han llamado “cultura
de la evaluación” (Moreno Olivos, 2011). Evaluar ha dejado de ser la única acción
de calificar, a partir de ésta se puede analizar y reorientar el proceso de
aprendizaje, dicho análisis proporciona la información adecuada y suficiente
para observar cuánta ayuda y de qué tipo se necesita.
Debido a que existen múltiples variables y distintos
momentos de la enseñanza-aprendizaje se han tipificado diversas clases de
evaluación que arrojan información de acuerdo al ¿qué? y al ¿para qué? de la
enseñanza.
Como se comentó en una entrada anterior, en este Blog, se abordará de manera breve y clara,
algunos de los tipos de evaluación, sus propósitos, los momentos en que
se aplica y algunos ejemplos de los instrumentos que se pueden emplear .
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